Por Angélica Seña, para el portal Conavis
En la majestuosa y turbulenta corte educativa del Atlántico —esa que debería oler a libros viejos y tiza, pero huele a puro perfume político— el ministro Armando Benedetti protagonizó un drama digno de ópera costeña: entró altivo, con capa imaginaria y espada burocrática, dispuesto a coronar a su caballero elegido para el trono de la Universidad del Atlántico… y salió, ay, convertido en estatua de sal, viendo cómo el dividido pero aún omnipotente Clan Char hacía ondear su bandera sobre los pasillos universitarios, como quien conquista un castillo medieval con papeles oficiales en vez de lanzas.
Su campeón, Wilson Quimbayo, quedó mirando al horizonte como héroe sin epopeya, mientras Leyton Barrios, el preferido del clan y el susurro dulce del poder local, fue elevado a rector como si los cielos hubiesen abierto para cantar el himno litúrgico del clientelismo costeño.
Y Benedetti, que creyó que Bogotá manda en todo, tuvo que saborear el batido de la humillación, servido en vaso de corozo con hielo y risas bajitas de pasillo.
Porque aquí, querido lector, no manda el que grita más en el Capitolio, sino el que tiene los hilos invisibles amarrados al corazón —y al bolsillo— de la tierra caliente.
Así, entre aplausos discretos, firmas selladas y fanfarria invisible, el Atlántico demuestra otra vez su ley eterna:
“La educación es sagrada… siempre y cuando sostenga el reino de quien ya reina.”
¡Aleluya, y que viva la democracia tropical, donde los titanes políticos no mueren, solo cambian de butaca!