Por Angélica Seña, para el portal CONAVIS
En la noble y calurosa ciudad de Barranquilla —esa catedral del sol ardido y la picardía tropical— ha brotado una nueva cofradía de artistas del despojo: los carteristas de manos sutiles, virtuosos del hurto fino, prestidigitadores del bolsillo ajeno. Se deslizan por los almacenes como brisas malintencionadas, oliendo perfumes importados y oportunidades nacionales, arrancando celulares, monederos y hasta esperanzas con la suavidad de un suspiro mal dado.
Los compradores, pobrecitos, caminan con la ingenuidad de quien cree que la vida es un descuento del 40 %, mientras detrás de ellos, cual ballet macabro, una mano que no es mano sino serpiente, que no es serpiente sino intención, se cuela en bolsos y mochilas para robar lo que pueda, incluso la fe en la humanidad si viene sin cierre.
Los comerciantes ya no saben si vender ofertas o escapularios; algunos juran que han visto a los ladrones moverse con tanta gracia que podrían ser contratados para el Carnaval. Y Barranquilla, siempre tan novelera, comenta, exagera y decora la noticia hasta convertirla en leyenda: “¡Ave María, niña, que esos ladrones caminan más suave que brisa de madrugada y levantan carteras como quien recoge flores!”
Así anda la ciudad: entre risas nerviosas, bolsos abrazados al pecho y la eterna poesía del desorden caribeño. Porque aquí, hasta el delito tiene ritmo, y el miedo, cuando da la espalda, baila.