Por Carlos Camacho Rolong, para el portal de noticias CONAVIS
_El Obispo de Mallorca denuncia que el rechazo social ha impedido la apertura de centros para migrantes de Cáritas, señalando un conflicto entre la comodidad del «pecado estructural» y el mandato del Evangelio.
Desde la óptica de una fe que hace opción preferencial por los pobres, el Obispo de Mallorca, Mons. Sebastià Taltavull, ha puesto el dedo en la llaga de una herida social que sangra en las islas. Su denuncia no es solo un lamento, sino un juicio profético contra lo que la Teología de la Liberación identifica como «estructuras de pecado»: la indiferencia y el rechazo organizado que impiden a la Iglesia ejercer su misión fundamental de acoger al forastero.
La noticia de que Cáritas no ha podido abrir centros para migrantes debido a la presión y el rechazo vecinal no es, en este marco, un simple conflicto logístico o de convivencia. Es la materialización de un pecado social que privilegia la tranquilidad de los poderosos –en este caso, los socialmente instalados– sobre la vida y la dignidad de los crucificados de la historia moderna: los migrantes, los desposeídos, los «otros».
Mons. Taltavull, al rechazar de pleno los discursos de odio, se sitúa en la tradición de los profetas bíblicos y de un Jesús de Nazaret que se identificó con el hambriento, el sediento y el extranjero (Mateo 25:35). Su postura es una denuncia de la idolatría: la de un sistema que eleva el bienestar de unos pocos y el «orden» establecido a categoría de absoluto, negando el rostro de Dios presente en el que sufre.
Una lectura desde los oprimidos
Para una teología que nace del grito del oprimido, este rechazo no es abstracto. Es una negación concreta de la hospitalidad, un acto de violencia que condena a hermanos y hermanas a la invisibilidad, la precariedad y la exclusión. El mensaje que recibe el migrante es claro: «Tu vida, tu dolor, tu hambre, perturban mi paz. No eres bienvenido».
La imposibilidad de abrir los centros de Cáritas –una de las herramientas de la «praxis liberadora» de la Iglesia– revela la feroz oposición que encuentra la construcción del Reino de Dios aquí y ahora. No es una oposición teológica, sino práctica: el «mundo» (en términos joánicos) se resiste a la caridad que transforma, porque prefiere la limosna que no cuestiona las causas de la desigualdad.
Llamada a una conversión estructural
La denuncia del Obispo Taltavull es, en el fondo, un llamado a lo que la Teología de la Liberación exige: una conversión radical, no solo individual, sino comunitaria y estructural. No basta con no albergar odio en el corazón; es necesario desmantelar activamente las barreras –legales, urbanísticas y, sobre todo, las del corazón– que niegan el derecho a una vida digna.
El rechazo social es, por tanto, síntoma de una fe alienada, una que confiesa a Cristo en el templo pero lo niega en el hermano extranjero a las puertas de la ciudad. La verdadera ortodoxia, desde esta perspectiva, se mide por la ortopraxis: la acción correcta de acoger, defender y amar al pobre.
Al final, la noticia desde Mallorca no habla solo de unos centros que no se abren. Habla de una cruz plantada en medio de la comunidad: la cruz del migrante rechazado. Y la pregunta que lanza al aire, como un eco del Gólgota, es si la comunidad cristiana y la sociedad en su conjunto tienen la voluntad de bajarlo de esa cruz, o prefieren, como los transeúntes del Calvario, seguir de largo.