Por Angélica Seña para el portal CONAVIS
En un hecho que parece una alegoría de la desesperanza y el absurdo contemporáneo, un pasajero de un bus de Cootrantico decidió defecar dentro del automotor, mientras este recorría la ruta, en un episodio que dejó a todos los ocupantes entre el asco, la risa nerviosa y la reflexión sobre lo que somos como sociedad.
El bus era conducido por el conocido influencer Cheo Ramires, quien suele documentar la cotidianidad del transporte público barranquillero, pero jamás imaginó que ese día la realidad superaría cualquier guion de comedia negra.
Según testigos, el pasajero —que se negó a pagar el pasaje— discutió con el conductor y, en un acto de protesta o locura, se bajó los pantalones y se hizo popó en pleno pasillo central del bus, dejando tras de sí una estela de excremento y silencio existencial.
“Él decía que no iba a pagar porque el transporte debía ser gratis, que la ciudad apestaba igual que los ricos, y de repente… lo hizo”, contó una mujer que viajaba rumbo al barrio El Bosque.
El olor, describen los presentes, no solo era físico sino simbólico, como si condensara el malestar social de miles de ciudadanos cansados de sobrevivir entre el calor, el hacinamiento y la pobreza.
El conductor, Cheo, grabó un video corto tras el incidente y dijo:
“Esto ya no es transporte público, esto es un espejo del alma colectiva. Aquí ya no cagamos del cuerpo, sino del alma.”
Las redes sociales estallaron. Algunos se burlaron del hecho, otros lo interpretaron como una performance involuntaria del hartazgo urbano. Pero para muchos, lo sucedido fue el retrato más honesto de una sociedad donde la dignidad cuesta $3.000 y nadie quiere pagarlos.
El bus fue retirado de circulación para limpieza profunda. El hombre, en cambio, fue visto caminando descalzo por la Circunvalar, con la mirada perdida y un aire de profeta del absurdo, como si su excremento hubiese querido decir algo que el lenguaje ya no alcanza a nombrar.