Por Carlos Camacho Rolong, para el portal de noticias CONAVIS
Ocho personas perdieron la vida en un nuevo ataque armado ejecutado por fuerzas de Estados Unidos contra tres embarcaciones civiles que navegaban en el océano Pacífico oriental. La operación, presentada por el Pentágono como un “golpe al narcotráfico”, deja tras de sí más preguntas que certezas y reaviva el debate sobre el uso desproporcionado de la fuerza y la impunidad con la que actúa el poder militar en aguas internacionales.
Según la versión oficial de Washington, las lanchas atacadas estarían vinculadas a redes del narcotráfico. Sin embargo, hasta el momento no se han hecho públicas pruebas verificables que respalden esta afirmación. No hay registros judiciales, capturas previas ni evidencias independientes que confirmen la narrativa difundida por el Departamento de Defensa, lo que refuerza las denuncias de una práctica recurrente: primero se dispara, luego se justifica.
Organismos internacionales de derechos humanos han encendido las alarmas. La Organización de las Naciones Unidas (ONU) y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) manifestaron su profunda preocupación ante lo que describen como posibles ejecuciones extrajudiciales y graves violaciones al derecho internacional humanitario. Para estas instancias, el uso letal de la fuerza sin un debido proceso ni verificación independiente constituye un precedente peligroso que erosiona los principios básicos del derecho internacional.
Desde América Latina, las reacciones no se hicieron esperar. Venezuela y Colombia advirtieron sobre una escalada militar que amenaza la estabilidad regional y normaliza la presencia armada de una potencia extranjera en zonas estratégicas del continente. Voces críticas señalan que estas operaciones no solo criminalizan la pobreza y la migración marítima, sino que perpetúan una lógica colonial: el control de los mares y de la vida desde el gatillo y no desde la justicia social.
Mientras tanto, ocho vidas quedaron truncadas en alta mar, reducidas a cifras en un parte militar. En nombre de una “guerra contra las drogas” largamente cuestionada por su fracaso y su saldo de muerte, el Pacífico latinoamericano vuelve a ser escenario de una violencia que no rinde cuentas, pero sí deja huellas profundas en la memoria de los pueblos.