Por Eduardo Sandoval Torrenegra
En tiempos donde los tambores de guerra suenan más alto que las voces de la razón, surge un eco sensato, casi profético, desde la voz de Roy Barreras. En su reciente pronunciamiento, el político colombiano lanzó una advertencia que debería resonar en cada despacho
presidencial, en cada sede diplomática y en cada rincón de conciencia ciudadana:
“He visto voces de la extrema derecha colombiana que invitan a Trump a invadir Venezuela. Ojo con las consecuencias irresponsables de esos llamados a la guerra.”
No se trata solo de política exterior. Se trata del destino de todo un continente al borde de la fragilidad. Barreras, con su tono sereno y lúcido, alerta sobre un escenario que parece dibujado por el caos: una posible guerra civil en Venezuela, la polarización creciente en Colombia, la inestabilidad en Ecuador y el colapso político en Perú.
Su reflexión no es capricho, sino análisis de fondo. Una chispa en Venezuela, advierte, podría encender una reacción en cadena que desestabilice a toda América Latina, generando un éxodo masivo, un colapso humanitario y un impacto económico que golpearía con mayor crudeza a Colombia, nación que ya carga con el peso de millones de migrantes y un tejido social al límite.
Roy Barreras no solo hace política, hace filosofía práctica. Nos recuerda que la historia de América Latina ha sido una danza perpetua entre la esperanza y el delirio, entre la diplomacia y la pólvora. Su llamado a la cordura es, en el fondo, un grito contra la ceguera moral de quienes creen que la guerra es una solución.
“No es hora de experimentos. No es hora de agresiones militares. Siempre será hora de la diplomacia”, afirmó con una serenidad que contrasta con la histeria de los discursos extremistas.
Sus palabras son una defensa de la inteligencia política sobre la testosterona ideológica. Porque sí: cada vez que un líder juega con la idea de una invasión, está jugando con la vida de los pueblos, con el futuro de los niños desplazados, con el pan de los que nada tienen, con la estabilidad de las democracias que aún respiran.
América Latina no necesita héroes de guerra, necesita arquitectos de paz. Y si algo deja claro el pronunciamiento de Barreras, es que la prudencia —esa virtud tan escasa en la era de los algoritmos y los populismos— sigue siendo la herramienta más poderosa contra la barbarie.
Su advertencia es un espejo en el que deberían mirarse los políticos de esta generación: “No vayan a incendiar América Latina.”
Porque si el fuego empieza, no habrá diplomacia que lo apague.