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TRUQUEO DE LA CONCIENCIA: Una mirada al Halloween desde los oprimidos

Artículo de Opinión por: Carlos Álvaro Camacho Rolong, columnista

Nos alineamos con el legado de Monseñor Óscar Arnulfo Romero, _»la voz de los sin voz»_, y reconocemos las espiritualidades populares de los pueblos originarios no solo como creencias, sino como un tesoro milenario. Frente al olvido impuesto, y de la mano del teólogo Johann Baptist Metz, reivindicamos la «memoria peligrosa» de los oprimidos: su conexión sagrada con la naturaleza y su comunión inquebrantable con los ancestros.

En este contexto, la fiesta celta de Samhain se enfrentó a una doble desnaturalización hasta perder su sentido auténtico.

Por un lado, la apropiación eclesiástica. La Iglesia institucional medieval, en su proceso de evangelización, históricamente tendió a imponer su control sobre las festividades paganas para dominar su imaginario simbólico. Al no poder erradicar Samhain debido a la resistencia cultural, optó por sincretizarla, creando el Día de Todos los Santos el 1 de noviembre. Su víspera, _»All Hallows’ Eve», es el origen etimológico de «Halloween». El mensaje liberador y horizontal de la espiritualidad comunitaria fue así domesticado y reemplazado por uno de obediencia a la jerarquía: se honra y se comunica con los santos «oficiales» de la Iglesia, desplazando a los ancestros locales. De este modo, se establece una jerarquía clara: lo sagrado, lo oficial y lo bueno se asocian al Día de Todos los Santos, mientras que lo pagano, lo popular y lo tenebroso se relegan a la Víspera, asociándolos al mal.

Por otro lado, la mercantilización capitalista. Los países capitalistas, mediante la mercantilización de las culturas, convierten las tradiciones de los pueblos en mercancía para su beneficio. La transformación de Halloween en Estados Unidos en una festividad masiva es el ejemplo perfecto: una tradición popular convertida en producto. La práctica del _»trick-or-treat»_ (trato o truco) pierde su posible raíz comunitaria —compartir comida en la víspera del invierno— y se convierte en un ritual de consumo de dulces, disfraces y decoraciones. La fiesta se vacía de todo significado espiritual, tanto pagano como cristiano. Se transforma en un espectáculo que fomenta miedos individualistas (como monstros y asesinos), en lugar de propiciar una reflexión comunitaria sobre la muerte, la memoria o el ciclo de la vida. Es una celebración alienante que distrae de las opresiones reales en el ámbito económico, racial y de género. La globalización de Halloween a través del cine y la cultura estadounidense actúa así como una forma de imperialismo cultural que aplasta tradiciones locales, especialmente en América Latina, donde existen ricas prácticas como el Día de Muertos.

A diferencia de Halloween, el Día de Muertos es un acto de memoria colectiva donde se recuerda no solo a los familiares, sino también a los héroes populares y, en muchos contextos, a los mártires de las luchas sociales. Es una celebración que desafía a la muerte desde la comunidad y la cultura, no desde el miedo. Aunque también ha sufrido procesos de mercantilización, su núcleo mantiene una esencia familiar y comunitaria. La ofrenda que se deposita en el altar es un acto de amor y recuerdo, no de consumo. Integra elementos indígenas y católicos de una manera que nace desde el pueblo, no desde una imposición vertical. Es un sincretismo que empodera la identidad cultural.

¿Puede Halloween ser resignificado?

Frente a esta doble desnaturalización, proponemos una resignificación liberadora. Recuperemos Halloween como un espacio para recordar a los «mártires de la fe» que lucharon por la justicia y a los «santos populares» no canonizados por la Iglesia oficial. Usemos la iconografía de esqueletos y calaveras no para asustar, sino para reflexionar sobre la muerte social que provocan la pobreza, la exclusión y la violencia estructural. Es una oportunidad para denunciar: «¡Aquí están los muertos que el sistema ha producido!».

Transformemos el _»trick-or-treat»_ en una acción solidaria de trueque o de recaudación para causas sociales, recuperando así el sentido comunitario original de compartir.

Este artículo ofrece una lente para desentrañar las estructuras de poder detrás de una festividad aparentemente inocua y nos invita a preguntarnos: ¿A quién sirve realmente esta celebración hoy? ¿Refuerza las estructuras de dominación o puede ser un instrumento para la concienciación y la liberación de la comunidad?

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