Por Angélica Seña, para el portal de noticias CONAVIS
Ni las ratas tuvieron tiempo de esconderse. A primera hora, cuando el sol apenas estiraba los brazos sobre la arenosa Barranquilla, la Policía Metropolitana y el Gaula irrumpieron como tormenta caribeña en los barrios de Soledad y la Arenosa, cazando a ocho presuntos integrantes de las bandas “Los Pepes” y “Los Costeños”, dos combos que desde hace rato tenían al Atlántico en modo “sálvese quien pueda”.
El operativo, digno de película de acción con banda sonora de Diomedes y persecución por callejones polvorientos, dejó a los vecinos con los pelos de punta y las tazas del tinto temblando. “Eso era plomo, grito y sirena por todos lados, mijita”, contó una señora del barrio Rebolo, mientras barría la acera con una escoba que temblaba más que ella.
Los capturados, según la Policía, se dedicaban a todo lo malo que se puede hacer sin tener talento artístico: extorsión, microtráfico, amenazas y cobro de vacunas a comerciantes que apenas sobreviven vendiendo bollos y empanadas. Uno de los cabecillas, apodado “El Mono 70”, fue pillado en chancletas y sin tiempo de esconder la pistola ni el kilo de nervios que cargaba encima.
En Soledad, los uniformados entraron hasta por las ventanas, y más de un malandro se quedó en ropa interior tratando de hacer el papel de “inocente dormilón”. Pero ya era tarde: las esposas brillaron más que el sol del mediodía, y los vecinos aplaudieron como si fuera final de carnaval.
Las autoridades celebraron el golpe como “una victoria contra el crimen”, pero en la esquina los curiosos opinan otra cosa: “Eso es puro show, mañana los sueltan y vuelven a cobrar vacuna en la tienda de la esquina”, dijo un mototaxista con tono de sabiduría popular.
Mientras tanto, la Policía asegura que continuará con los operativos, y que detrás de estos ocho capturados hay una red que se cree dueña de media Costa. Pero si algo ha enseñado la historia barranquillera es que, aunque los pillos caigan, siempre hay otro esperándolos en la esquina, con celular nuevo y corazón bandido.
Y así, entre sirenas, cámaras y el murmullo caliente del mediodía, Barranquilla y Soledad amanecieron con olor a pólvora, sudor y justicia improvisada, de esa que se celebra con aplausos, pero también con un “¡ay, Dios mío, que esto no sea puro teatro!”.