Por Angélica Seña – Especial para CONAVIS
Colombia, país de emociones fuertes y trámites eternos, amanece una vez más con un drama político que ni el mejor libreto de La ley del corazón podría igualar. Resulta que el presidente de la Corte Constitucional, magistrado Jorge Enrique Ibáñez, decidió sacar la espada de la justicia y radicó una ponencia para tumbar la Reforma Pensional del gobierno de Gustavo Petro.
Y no es por gusto, ni por política (aunque todos sabemos que sí). El motivo oficial, dicen los dioses de la toga, es que la Cámara de Representantes metió las patas con el trámite. Que si la citación fue muy rápida, que si no hubo debate, que si no avisaron con tiempo, que si el café del Capitolio estaba frío… En fin, un novelón jurídico digno de un paro legislativo con final abierto.
El documento tiene 83 páginas, o sea, más largo que una fila de Colpensiones. Y ahí el magistrado Ibáñez le da palo sin misericordia a todo el mundo:
—A los Representantes gobiernistas, por “afán y descuido legislativo”;
—A los del Centro Democrático, por “no socializar nada, ni siquiera sus memes”;
—Y al Procurador Gregorio Eljach, por firmar la bendita subsanación como quien firma la lista del almuerzo en el Congreso.
En resumen: la Corte está diciendo que el trámite fue tan irregular como un contrato público en campaña electoral.
Ahora, si la Corte decide darle palo al proyecto, la reforma se cae y no podría entrar en vigencia, o sea, que todos los colombianos seguiremos con el mismo sistema pensional que nos jubila cuando ya estamos más cerca del ataúd que del bono pensional.
El Gobierno soñaba con que la reforma empezara a regir el 1 de julio de 2025, pero ya estamos en octubre y nada. Así que, si todo sigue como va, el único que se va a pensionar este año será el reloj del Congreso, que ya está cansado de tanto debate sin resultados.
Mientras tanto, en los cafés del poder, los políticos se reparten culpas y micrófonos. Los unos dicen que la Corte está haciendo política; los otros juran que Petro quiere ser el Che Guevara de las pensiones. Y el pueblo, como siempre, mira desde el sofá diciendo:
> “¿Y entonces? ¿Cuándo me jubilo yo, si llevo 30 años cotizando y todavía no me dan ni el carné de afiliado?”
En conclusión, la historia de la reforma pensional es el perfecto retrato sociológico del país: un Gobierno con buenas intenciones, un Congreso con poca paciencia y una Corte que parece la suegra jurídica que nunca está contenta con nada.
Así que agárrese de su silla, mi querido lector, porque en Colombia ni la pensión, ni el amor, ni la política llegan a tiempo.