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¡CARA E LEA, EL ÁNGEL ANDRÓGINO DE LAS MORAS, FUE ABATIDO A BALAZOS!

Por Angélica Seña, para el portal de noticias  CONAVIS

 

SOLEDAD, ATLÁNTICO — La noche del martes se vistió de pólvora y rezo. Entre el murmullo de las esquinas, el humo de los fritos y el eco de una moto fantasma, cayó tendido alias “Cara e’ Lea”, aquel ser mítico del barrio Las Moras que fue mitad delincuente, mitad leyenda urbana, y por momentos, casi un ángel caído con brassiere de abuela.

Nadie olvidará su peculiar apodo. Le decían Cara e Lea, no solo por su semblante fino, de belleza ambigua y mirada beatífica que parecía pintada por un Caravaggio costeño, sino, porque en su adolescencia fue sorprendido —según cuentan las lenguas del barrio— robando ropa interior de los tenderos y, sobre todo, de su vecina octogenaria, doña Fifíndar, a quien alguna vez le desaparecieron tres pantaletas floreadas y un corsé con encaje, testigos mudos de su temprana vocación travestida.

“Él se ponía mis medias y corría por la calle gritando que era una sirena de Guardianes de la Bahía, con la toalla de baño como capa”, recordó entre sollozos y risas doña Fifíndar, quien asegura que aquel muchacho “tenía rostro de santo, pero manos de ladrón”.

Con el tiempo, el juego se volvió calle, la inocencia se volvió bala, y el brassiere dio paso al revólver. Cara e Lea, quien en sus días de gloria fue un reconocido vendedor de sustancias prohibidas, vivía entre la cruz y la caleta. En 2018 fue condenado a siete años de prisión por atracos con arma blanca —especialmente a caballeros de reloj suizo y cadenas gruesas—, pero el destino le dio libertad y un epílogo digno de tragedia griega con toque de reguetón.

Una fuente del bajo clero barrial —que pidió mantener el anonimato por miedo a los vivos más que a los muertos— confirmó que Cara e Lea había sido mencionado en un panfleto amenazante que circuló en Soledad. “Dijeron que iban a limpiar el barrio… y parece que empezaron por él”, murmura el vecino del estadero La Última Fría mientras observa las velas que ahora iluminan el asfalto manchado de sangre.

Los teólogos de la esquina aseguran que el alma de Cara e Lea se debate entre el cielo y el infierno, porque robaba, sí, pero también repartía dulces a los niños en Halloween y juraba que un día abriría un spa para exconvictos.

“Era un filósofo de cantina, hablaba del amor y del karma mientras te vendía una bolsita”, comenta una mujer que lo conoció “en tiempos más tranquilos”.

Hoy, su cuerpo yace sin vida, pero su leyenda apenas comienza. En los altares improvisados, entre velones y cigarrillos, alguien escribió con marcador rojo:

“Aquí murió Cara e’ Lea, el último ángel de las Moras. Ni santo ni demonio, solo humano.”

Y así, entre risas, lágrimas y chismes, el barrio lo despide con una certeza casi teológica:

En Soledad, los pecadores también tienen su misa, y a veces, la prédica suena a disparo.

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