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Crónica de un polvito anunciado

Por Angélica Seña para el portal de noticias CONAVIS.

En los moteles de Bogotá, donde las luces de neón iluminan más promesas que realidades, un héroe anónimo de la tercera edad decidió desafiar al mismísimo San Pedro… y perdió. Ricardo Pérez, de 74 años, dijo “¡de esta no me salvo, pero qué sabroso morir así!” y, efectivamente, no se salvó.

Horas antes del épico suceso, el caballero había ingerido un cóctel energético que ni el mismo Zeus en su noche de bodas con Hera se hubiera atrevido: un Vive 100, varios sobres de Vitafer y, según el reporte forense, una caja vacía de “pastillas estimulantes” que probablemente ni la farmacéutica recuerda haber inventado.

Ricardo, al parecer, quiso mezclar la juventud en polvo con la pasión en carne viva. Pero el corazón, que ya había visto más diciembre que carnaval de Barranquilla, no aguantó la presión del amor… ni la de la cafeína.

Según fuentes cercanas al caso (y muy chismosas, por cierto), el occiso había reservado seis horas en el motel, porque “dos eran de precalentamiento, dos de acción y dos de recuperación”. Sin embargo, el destino, en su sentido del humor negro, decidió que solo necesitaba los primeros 20 minutos.

La acompañante, presa del pánico y del qué dirán, huyó del lugar, probablemente pensando: “¡No fue mi culpa, fue el Vitafer!”. Y aunque algunos la juzgan, los expertos en psicología social dicen que la culpa colectiva de este suceso recae en una sociedad que le exige al hombre mayor seguir siendo un semental hasta el último suspiro, como si el amor propio viniera con dosis de taurina y ginseng.

El Cuerpo Técnico de la Fiscalía encontró la escena más simbólica que un poema de Neruda: un Vive 100 vacío, un sobre de Vitafer abierto, y el silencio de un hombre que amó demasiado… o al menos lo intentó.

La esposa, por su parte, apareció con la frialdad de un contrato sin amor: retiró el cuerpo, avisó que no lo velará en su casa, y agregó —según versiones extraoficiales—: “Ese viejo no me respetó en vida, menos me va a descomponer la sala en la muerte”.

Desde la perspectiva sexológica, el caso de Ricardo es un espejo de la masculinidad latinoamericana: hombres que confunden la virilidad con la resistencia, y el placer con la competencia. Y desde la sociología, no deja de ser un ritual moderno: morir intentando demostrar que aún “sirven”.

En conclusión, Ricardo Pérez no murió en vano. Murió como quiso: encima de la cama, debajo de la gloria y con el corazón a mil por hora.

Y aunque la ciencia lo declare “paro cardíaco”, el barrio ya lo bautizó como el último romántico del motel.

Paz en su tumba… y ojalá en su próxima vida le receten solo agua y caricias, no cafeína y ginseng.

 

 

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