Por Angélica Seña, para el portal de noticias CONAVIS
Leonardo Quiroz, un hombre honrado de 30 años, encontró la muerte en su primer día de trabajo como vigilante. El negocio donde laboraba estaba amenazado por extorsionistas.
En el polvoriento amanecer de Valledupar, cuando el sol aún bostezaba sobre los tejados del barrio La Nevada, Leonardo Quiroz, un hombre de apenas treinta años y con el alma encendida de esperanza, se alistaba con fervor casi sagrado para su primer día de trabajo.
“Voy para mi primer día, mamá”, dijo sonriente, con la ilusión colgando en los labios, sin saber que el destino —caprichoso y cruel— ya había firmado su sentencia con tinta de pólvora.
Leonardo, vigilante por vocación y creyente por convicción, había implorado al cielo durante meses una oportunidad. El creador escuchó su plegaria, pero el demonio del sicariato y la extorsión, ese espectro que devora la paz de los barrios, se interpuso entre la bendición y la vida.
Apenas el reloj rozaba las primeras horas del día cuando dos hombres a bordo de una motocicleta infernal irrumpieron frente al local. Dispararon sin misericordia, dejando tras de sí un eco de horror y polvo. Una de esas balas cobardes, vagabunda y sin conciencia, encontró en el pecho de Leonardo el refugio de su maldad.
Sus compañeros, entre gritos y lágrimas, intentaron arrancarlo de los brazos de la muerte, montándolo en una moto rumbo al centro asistencial. Pero allí, entre batas blancas y sollozos ahogados, los galenos dictaminaron lo inevitable: Leonardo Quiroz había partido.
La madre, al enterarse, se desplomó sobre la tierra como si el mundo se hubiera quebrado en dos. “Mi hijo sólo quería trabajar, sólo quería vivir”, murmuró entre lágrimas que parecían cuchillos.
Hoy, el barrio entero se viste de luto y de rabia. Un hombre bueno, un hijo ejemplar, un trabajador recién nacido en su oficio, cayó víctima del abandono, del miedo y de la extorsión.
El local —dicen los vecinos— había recibido amenazas. El dueño, perseguido por la sombra de la “vacuna”, no había pagado, y la bala que buscaba castigar a un comerciante terminó devorando la vida del inocente.
Valledupar amanece hoy con un corazón menos y una herida más.El eco de la tragedia resuena en las calles como una oración inconclusa, como un reclamo al cielo:
¿Por qué los sueños más humildes siempre pagan el precio más alto?