Por Angélica Seña para el portal de noticias CONAVIS
La alegría, esa traidora luminosa, iba sentada en la primera fila del bus. Vestía risas recientes, diplomas aún tibios, sueños envueltos en papel de futuro. Nadie sospechaba que la muerte, paciente y muda, viajaba agazapada en las curvas del camino, afilando su guadaña contra el asfalto húmedo de la madrugada.
Dieciséis muchachos —dieciséis latidos nuevos, dieciséis biografías apenas inauguradas— regresaban de celebrar lo que para ellos era una victoria eterna: haber cruzado la frontera de la adolescencia, haber vencido los exámenes, haber llegado vivos al umbral del porvenir. Cantaban. Dormitaban. Pensaban en la universidad, en el amor, en la ropa que se pondrían en diciembre. Pensaban en todo, menos en la caída.
Entonces el mundo se quebró.
El bus, ese vientre metálico que los resguardaba como una madre prestada, perdió el equilibrio y se precipitó al abismo. Ochenta metros de silencio. Ochenta metros de gritos suspendidos. Ochenta metros donde el tiempo dejó de obedecer las leyes de los vivos. La carretera miró hacia otro lado, incapaz de sostener tanta juventud.
El barranco se tragó sus nombres y el país, entero, quedó de rodillas.
Las madres, que horas antes habían acomodado mochilas con besos y advertencias, ahora abrazan fotografías como si fueran cuerpos. Los padres, hechos de una dureza aprendida, lloran con el pudor de quienes sienten que el corazón se les volvió polvo entre las manos. “Estaban felices”, dicen. Y esa frase pesa más que cualquier ataúd. Felices. Justo eso. Felices antes del final.
La Navidad, para esas casas, ya no traerá luces sino sombras. Los villancicos sonarán como burlas crueles. Las mesas tendrán una silla vacía que nadie se atreverá a mover. El futuro, ese que se suponía largo y luminoso, quedó reducido a una fecha, a un domingo, a una curva maldita.
Dieciséis jóvenes no llegaron a casa.
Dieciséis historias quedaron inconclusas.
Dieciséis veces el país perdió algo que jamás podrá recuperar.
Que la tierra les sea leve.
Que la memoria los mantenga vivos.
Y que Dios —si escucha el llanto de los que aún creemos— los abrace donde ya no duela caer.