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EL CENTRO DEMOCRÁTICO SE COME A SÍ MISMO EN PLENA LUZ DEL DÍA

Por Angélica Seña, para el portal de noticias CONAVIS

Cuando los cuchillos no brillan, sonríen. Y cuando nadie dispara, igual alguien cae.

 

Bogotá amaneció convertida en un tablero político donde las piezas se mueven solas, los reyes sudan frío y los peones aparecen muertos. Esta vez, la tragedia no llegó envuelta en pólvora sino en palabras tardías, silencios oportunos y acusaciones que no acusan, pero señalan con el ceño fruncido.

El patriarca doliente, Miguel Uribe Londoño, rompió el ataúd del silencio mediático y dejó escapar una frase que cayó como candelabro en sala cerrada: que a su hijo, Miguel Uribe Turbay, “lo hostigaron demasiado” dentro de su propia casa política. No fueron enemigos externos, no fueron adversarios ideológicos, no fueron los sospechosos habituales del libreto nacional. No. Fueron —dice— precandidatas, compañeras, sonrisas con puñales en el bolso.

 

¿Motivo? El más antiguo del poder: iba ganando.

 

EL TEATRO DE LOS JUSTOS

 

Según el relato, el joven político no cayó por azar ni por mala suerte, sino por una suma de presiones invisibles, empujones sin manos y una carrera electoral convertida en maratón suicida. “Salió a la calle por su deseo enorme de ganar”, dijo el padre, como quien describe a alguien empujado suavemente hacia el abismo mientras todos aplauden su valentía.

 

¿Quién obliga a quién?

¿Quién empuja sin tocar?

¿Quién calla cuando debería gritar?

 

Preguntas que flotan como humo denso en los pasillos del poder.

 

EL PRESIDENTE ENTRA EN ESCENA

 

Y como en toda tragedia política nacional, el Presidente Gustavo Petro no tardó en aparecer, espada verbal en mano, recordando que durante meses lo señalaron como responsable del crimen. Ahora —dice— el relato cambia, gira, se reacomoda. La culpa ya no vive en Palacio sino en otro salón, otra mesa, otro café político.

 

“Que la Fiscalía aclare”, pidió el mandatario, como quien se lava las manos con agua institucional.

 

Pero el padre no retrocedió. Al contrario, apretó los dientes del discurso y respondió que hay responsabilidades políticas, esas que no se firman, no se disparan, no se procesan… pero pesan.

 

TEORÍAS QUE CAMINAN SOLAS

 

Y aquí es donde el país empieza a murmurar, porque nadie acusa directamente, pero todos entienden demasiado:

 

¿Puede un partido devorar a uno de los suyos cuando el termómetro del poder sube demasiado rápido?

 

¿Existen guerras internas tan limpias que no dejan huellas visibles?

 

¿Hay hostigamientos que no aparecen en expedientes, pero sí en epitafios?

 

¿Cuántas campañas terminan siendo carreras hacia una emboscada que nadie planeó oficialmente?

 

Nadie lo dice. Nadie lo firma. Nadie lo prueba.

Pero el aire político huele a conspiración sin autor.

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