Por Angélica Seña, para el portal CONAVIS
Leandro tenía cuatro años y estaba donde debía estar: jugando. No corría peligro, no huía, no desafiaba nada. Solo era un niño confiando en el mundo que los adultos le habían prometido seguro. Pero ese mundo falló.
El otro niño no llegó con juguetes. Llegó con gasolina y fuego, dos armas disfrazadas de juego. Las manipulaba sin miedo, sin conciencia, como quien no conoce límites porque nadie se los enseñó. El fuego ardía cerca, la gasolina esperaba su momento. Y nadie intervino.
Cuando el líquido encendido cayó sobre Leandro, no hubo advertencia ni tiempo. El fuego lo cubrió con una violencia que no distingue edades. El niño gritó, pero el grito no apaga llamas. El juego se convirtió en horror y la casa en escenario de una tragedia anunciada.
Corrieron tarde. Siempre se corre tarde cuando el descuido ya decidió. Lo llevaron de urgencia, lo trasladaron con la esperanza colgando de un hilo, pero el cuerpo pequeño no resistió el castigo de una imprudencia criminal. Leandro murió en Medellín, lejos de sus juguetes, lejos de su infancia.
Después llegaron las palabras cómodas: “accidente”, “tragedia”, “nadie es responsable”. Pero hay muertes que no son casualidad, sino consecuencia. El otro menor también era un niño, sí, pero en esta historia fue el villano: el ejecutor del daño, creado por adultos que dejaron el fuego al alcance de la inocencia.
Leandro no volverá.
Su nombre queda como herida.
Y su muerte deja una verdad que quema: cuando nadie cuida, el fuego siempre encuentra a quién matar.