Crónica literaria por Angélica Seña
El infierno no siempre se abre bajo nuestros pies. A veces se disfraza de inocencia, lleva uniforme escolar y ríe con dientes de leche.
Epígrafe:
“La infancia es el espejo donde Dios y el Diablo se disputan el reflejo.”
— Fragmento hallado en el diario del predicador Elián Sr.
La tarde se derramaba como vino podrido sobre los tejados de Cleveland. El viento ululaba entre los columpios del parque, y las hojas del otoño, secas y amarillas, se mecían como párpados muertos. Nadie sospechaba que esa hora tibia de merienda sería el umbral de un infierno diminuto, custodiado por rostros de ángeles.
Antavia había dejado a su hija —una niña de rizos de azúcar y voz de pajarito— jugando frente a la casa del tío. Tres niños rondaban cerca. Reían, pero no con la risa inocente de los niños; sino con una carcajada hueca, madura, sucia, como si el demonio se les hubiera sentado en el pecho y soplara a través de sus gargantas.
El mayor de ellos, Elián, tenía apenas diez años. Hijo de un predicador oscuro, un hombre que en los sótanos de su casa oficiaba rituales al Portador de la Luz, luciendo túnicas negras y colgando cruces invertidas de los espejos. Los vecinos murmuraban que en esa casa las oraciones se decían al revés, y que cada luna nueva se sacrificaban gatos bajo la promesa de un poder superior.
Elián lo había visto todo y lo había sentido todo.
Dicen que fue él quien ideó el juego, un juego para “ver si Dios dormía”.
La niña fue llevada entre risas. La inocencia no sospecha del mal cuando viene con cara de amigo. Cruzaron el baldío detrás de la iglesia vieja, donde aún quedaban las ruinas de un columpio oxidado y un árbol sin hojas que parecía una garra. Allí comenzó la ceremonia.
Nadie sabe exactamente qué pasó.
Solo que el silencio se rompió como un cristal, y los pájaros huyeron en estampida.
Cuando la madre encontró a su hija, el aire olía a cobre y tierra. El cuerpecito yacía entre las raíces del árbol, con el cabello pegado a la sangre seca, los ojos abiertos mirando el cielo, como si buscara a un Dios que había huido. La piel, desollada por la furia de aquellos “ángeles”, contaba una historia sin palabras.
Una historia escrita con uñas, dientes y blasfemias.
El hospital se volvió una catedral del espanto. Los médicos no hablaban: temían pronunciar el horror en voz alta, por miedo a que regresara. La niña deliraba: decía que vio sombras con alas negras, que escuchó una oración en un idioma que no comprendía, y que el niño mayor —Elián— tenía los ojos del diablo.
Cuando la policía allanó la casa del pequeño, encontraron símbolos pintados con tiza roja, una Biblia con las páginas arrancadas y un altar infantil con muñecos decapitados.
El padre, el predicador del Luciferismo, declaró que su hijo solo “jugaba a la luz del portador”.
Pero la luz no era luz, era un pozo, un abismo encendido.
Los otros niños no hablaban. Sonreían con una calma que helaba los huesos, como si el mal les hubiese ofrecido un caramelo y ellos lo hubiesen lamido sin culpa.
El caso estremeció a la ciudad. Las madres encerraron a sus hijos, las iglesias multiplicaron sus misas, y los periodistas —como moscas— rondaban el dolor buscando titulares. Pero había algo más profundo, más negro, que la noticia no podía explicar:
el misterio de cómo el mal se siembra en un alma tan pequeña.
Semanas después, los niños fueron recluidos en centros psiquiátricos distintos. Sin embargo, los vigilantes juraron escuchar, a medianoche, una risa sincronizada en habitaciones separadas por kilómetros.
Una risa idéntica, una risa hueca.
La niña sobrevivió, pero cada vez que dormía, murmuraba entre sueños:
—Él no ha terminado… él volverá.
Y una noche, cuando la luna se abrió como una herida sobre Cleveland, alguien pintó con tiza roja sobre el muro del hospital una frase infantil y escalofriante:
“Jugamos mañana otra vez, ¿sí?”
Desde entonces, los columpios del parque se mecen solos cuando cae el sol.
Y a veces, si uno se queda lo suficiente para escuchar, el viento trae una carcajada pequeña, cristalina…
la de un ángel malvado que aún no aprendió a morir.
Nota de la autora:
Lo ocurrido en Cleveland es una herida abierta en el corazón de la inocencia. Pero más allá del expediente y los titulares, persiste una pregunta que ningún fiscal puede responder: ¿quién susurra al oído de un niño cuando el mal se disfraza de juego?