Por Angélica Seña, para el portal de noticias CONAVIS
La reacción de la Conferencia Episcopal de Colombia frente a las palabras del presidente Gustavo Petro no revela una herejía presidencial, sino una tensión histórica no resuelta: la que existe entre la fe viva y el dogma institucionalizado; entre el Jesús encarnado del Evangelio y el Cristo domesticado por el poder eclesial.
Desde una perspectiva teológica seria —no catequética ni defensiva— resulta llamativo que aún hoy se perciba como ofensivo recordar la radicalidad de la encarnación. El núcleo del cristianismo no es un Dios lejano y aséptico, sino uno que se hizo carne, con todo lo que eso implica: afecto, deseo, vínculos humanos, intimidad, riesgo. El escándalo no es pensar a Jesús como plenamente humano; el escándalo original del cristianismo fue precisamente atreverse a afirmarlo.
Los Evangelios no presentan a un Cristo etéreo, desprovisto de cuerpo o emociones. Presentan a un hombre que toca, llora, se indigna, ama, comparte mesa y se deja ungir por una mujer —María Magdalena— cuya cercanía ha sido sistemáticamente sospechada por una tradición más obsesionada con el control moral que con la experiencia espiritual. La teología contemporánea, desde autores como Hans Küng, Edward Schillebeeckx o Leonardo Boff, ha insistido en que negar la humanidad plena de Jesús es una forma sutil de docetismo moderno: creer en un Cristo que parecía humano, pero no lo era del todo.
Desde la sociología de la religión, la reacción episcopal responde menos a una defensa de la fe que a la preservación de un capital simbólico. Cuando una figura política reinterpreta lo sagrado fuera del monopolio clerical, se produce una alarma institucional. No porque se ataque a Dios, sino porque se descentra la autoridad que decide quién puede hablar de Él y cómo. El problema no es Petro; es la pérdida del control narrativo sobre Jesús.
Llamar a Jesucristo “Santo” no es incorrecto; reducirlo solo a eso sí lo es. Porque un Cristo deshumanizado es funcional al poder: no cuestiona, no incomoda, no se mezcla con el barro de la historia. El Jesús del Evangelio, en cambio, fue profundamente político en el sentido más radical: se situó del lado de los cuerpos vulnerables, rompió normas de pureza, desafió jerarquías religiosas y fue ejecutado precisamente por eso.
Paradójicamente, la Constitución que la Conferencia Episcopal invoca para exigir respeto también protege la libertad de pensamiento, expresión e interpretación. La fe, en una sociedad plural, no puede blindarse contra la reflexión crítica sin traicionarse a sí misma. El cristianismo nació como una provocación, no como una zona de confort.
Defender a Petro en este contexto no es idolatrar al político, sino defender una idea más profunda: que pensar a Jesús desde su humanidad no lo degrada, lo honra. Que una fe que se escandaliza ante el amor humano dice más sobre sus miedos que sobre su Dios. Y que llamar “anticristo” a quien recuerda la encarnación es olvidar que, según la propia tradición cristiana, el verdadero antievangelio no es humanizar a Dios, sino deshumanizar al hombre.
En última instancia, esta polémica no trata sobre blasfemia, sino sobre quién tiene derecho a pensar lo sagrado. Y en esa discusión, la teología madura no censura: dialoga. La fe segura no grita: profundiza. Y el cristianismo auténtico no teme a la carne, porque empezó precisamente allí.