Por Angélica Seña, para el portal CONAVIS
Dicen que en el barrio La Floresta no hay telenovelas, sino capítulos en carne viva. Todo comenzó cuando el amante, que en realidad era esposo y exesposo a la vez —según quién lo contara—, decidió que ya no podía con tanto enredo de faldas y sentimientos. Había dejado su casa hacía seis meses para irse con la amante, prometiéndole el cielo, la luna y hasta una moto que nunca apareció.
Pero el idilio se desinfló más rápido que un colchón inflable. La amante, harta del hombre y de su falta de rendimiento —en todos los sentidos—, decidió que ya no lo quería ni de adorno. Entonces, en un arranque de generosidad forzada, fue donde la esposa a intentar devolverle al sujeto, como si fuera un electrodoméstico defectuoso.
La esposa, digna y altiva, se negó en redondo:
—No, mi amor. Ese hombre ya no es mío ni regalado.
Y ahí empezó el viacrucis. La amante, frustrada porque el hombre no servía “ni para eso”, quiso obligarla a recibirlo, reclamando entre gritos que ella había sido estafada sentimental y físicamente. La exesposa miraba la escena desde la distancia, santiguándose, convencida de que ese hombre debía ser enterrado en vida para que ninguna mujer más sufriera su maldición.
En medio del escándalo, el hombre —el eje de todo el desastre— solo atinó a encogerse de hombros, impotente, en todos los sentidos de la palabra.
Y así terminó el triángulo amoroso convertido en cuadrilátero de boxeo moral, donde ninguna ganó y todas perdieron… menos el vecindario, que tuvo chisme para rato.