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TRAGEDIA EN EL RECREO: EL MONSTRUO DE METAL QUE DEVORÓ TRES VIDAS EN UNA MAÑANA DE HALLOWEEN

Po Angélica Seña, para el portal CONAVIS

En la mañana que debía ser de disfraces, risas infantiles y caramelos, el barrio El Recreo despertó a un espectáculo dantesco, digno de los más macabros teatros barrocos de la desgracia costeña. Eran las 8:10 a.m., cuando un bus de servicio público —esa bestia amarilla de ruedas grasientas y motor ronco, afiliada a la empresa Metropolitana de Transportes La Carolina— decidió rebelarse contra la cordura humana y arremetió como toro sin dueño contra tres mujeres que aguardaban su destino en la esquina de la carrera 38 con calle 63.

Testigos relatan que la mole automotriz, en un frenesí irracional de velocidad, “venía volando porque otro bus lo venía persiguiendo”, como si la calle fuera un coliseo romano y los pasajeros simples piezas sacrificables en una carrera de muerte. En segundos, el pavimento se convirtió en altar de sangre y llanto:

Una mujer fue arrastrada sin misericordia bajo el vientre oscuro del vehículo, como ofrenda involuntaria a los caprichos del caos,

Otra quedó atrapada bajo la llanta trasera, aprisionada por la rueda voraz del infortunio,

Y una tercera, al intentar escapar, se desplomó en el pánico colectivo, envuelta en el torbellino de gritos y horror.

Vecinos, aún incrédulos, describieron el estruendo como un rugido infernal que rasgó la mañana, mientras el sol, impasible y sádico testigo, iluminaba la tragedia como si fuera una escena preparada por el destino para torturar almas sensibles.

Los transeúntes —convertidos en improvisados héroes, periodistas y filósofos de acera— exigían justicia, señalaban el bus como asesino sin conciencia y maldijeron el eterno circo rodante del transporte urbano, donde la prisa, la competencia y el afán de monedas transforman volantes en armas y calles en ruletas mortales.

Hasta el cierre de esta edición, las identidades de las víctimas reposan en el silencio tenso de los pasillos hospitalarios, mientras la ciudad, aún temblorosa, intenta comprender cómo el simple acto de esperar un bus puede convertirse en danza mortal entre asfalto y destino.

Porque hoy, en El Recreo, la muerte decidió no disfrazarse: salió desnuda, cruda, y en cuatro ruedas.

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