Por Angélica Seña, para el portal de noticias CONAVIS
Bajo el cielo indiferente de Montería, donde la fe suele alzar la vista y las palomas han sido durante siglos símbolo de paz, amaneció hoy una escena que roza lo sacrílego. En el atrio de una iglesia céntrica —espacio consagrado a la vida, al perdón y a la compasión— yacían esparcidos los cuerpos inertes de aproximadamente 150 palomas, víctimas de lo que las autoridades investigan como un presunto envenenamiento masivo.
Las aves, que hasta ayer eran parte del paisaje cotidiano y hoy son evidencia de una crueldad meticulosamente ejecutada, fueron halladas sin vida entre escalones, bancas y calles aledañas. La imagen no solo estremeció a los habitantes del sector: los obligó a mirarse al espejo. Porque no se trata solo de palomas muertas, sino de una ciudad que normaliza la violencia cuando no sangra humano.
Expertos ambientales ya recolectan muestras para identificar la sustancia utilizada, en un esfuerzo científico por ponerle nombre al veneno, aunque el verdadero tóxico —la indiferencia— no requiere laboratorio. La comunidad, entre la indignación y el cansancio moral, exige revisar las cámaras de seguridad para identificar a los responsables de un acto que no puede seguir siendo tratado como una “molestia urbana resuelta”.
Conviene recordarlo, aunque incomode: el maltrato animal es un delito penalizado por la ley. No es una travesura, no es control de plagas, no es limpieza del espacio público. Es violencia. Y toda violencia, cuando se tolera, se perfecciona.
Hoy fueron palomas. Mañana, quién sabe. Porque una sociedad que envenena en silencio a seres indefensos, y luego sigue su rutina, no ha perdido solo la compasión: ha empezado a perder el alma.