Por Angélica Seña, para el portal Conavis.
En el reino educativo de Soledad, donde los pupitres son trincheras y las tizas se baten como espadas blancas, una sombra densa vuelve a posarse sobre el tablero del conocimiento.
Los maestros —esos apóstoles del saber que aún creen en el milagro de enseñar— han sido nuevamente perseguidos por el más temible de los jinetes del Apocalipsis moderno: el panfleto anónimo.
El panfleto, ese evangelio del miedo
En la noche del jueves, mientras los docentes corregían cuadernos y los niños soñaban con vacaciones, un papel maldito circuló entre los vientos de Soledad, Atlántico.
Con nombres propios, sin metáforas ni misericordia, se amenazaba a los profesores de las instituciones Villa María y Gabriel Escorcia Gravini, quienes, según parece, osaron cumplir su deber hasta el último día del calendario escolar. Y entonces, las alarmas resonaron como trompetas del Juicio Final: autoridades reunidas, uniformes en las puertas, rezos disimulados entre las paredes de los colegios.
Porque —¡ay, memoria cruel!— el pueblo no olvida que en 2024 las balas visitaron el Colegio San Antonio de Padua, dejando tendida en el suelo a la coordinadora Rosa Evangelina Perea Gutiérrez y hiriendo a dos estudiantes inocentes.
Los maestros del martirio
Hoy, los docentes amenazados han sido reubicados, desplazados del aula como antiguos profetas expulsados de su templo.
La Alcaldía, con tono de sermón y promesas de orden celestial, ha declarado que “la seguridad está garantizada”, mientras las patrullas rondan los patios donde antes solo cantaban los himnos.
El Secretario de Gobierno, en su papel de arcángel protector, jura que todo está en manos de la Fiscalía, la Policía y la Procuraduría: una trinidad burocrática que promete salvación mediante actas y oficios.
El pecado de enseñar
Pero el rumor es otro, más humano y desgarrador: que el panfleto no fue enviado por demonios de ultratumba ni por la temible banda de Los Costeños, sino —dicen las lenguas extraoficiales— por estudiantes y padres de familia.
¡Oh paradoja sublime! Los mismos que deberían cuidar la lámpara del saber, soplando ahora para apagarla.
Carlos Noriega, presidente de la ADEA y voz de los docentes en desgracia, elevó su plegaria en tono grave:
“Aquí está en riesgo la vida y la integridad de nuestros compañeros maestros.”
Son cincuenta y cinco los docentes en la zona, y dos mil los niños que esperan a quienes ya no volverán. El eco de sus pasos vacíos resuena por los corredores como letanías interrumpidas.
Epílogo de una educación sitiada
Los responsables del atentado de 2024 —Breiner José Caballero Lozano y Maifren Carranza Moreno, apenas jóvenes de 23 y 21 años— siguen pagando su penitencia entre rejas, tras haber firmado en nombre de Los Costeños un panfleto de terror.
La Justicia, esa diosa ciega y coja, aún los interroga entre montañas de expedientes, mientras en las escuelas los maestros oran para no ser los próximos.
Y así termina, por ahora, esta crónica barroca del absurdo: una fábula moderna donde enseñar se ha vuelto un acto heroico,
el aula, una zona de guerra, y la esperanza, una asignatura pendiente.