por Angélica Seña para el portal CONAVIS
En el barrio Las Moras, en esa selva comercial donde los sueños se venden al menudeo y la moral se extravía entre vitrinas, apareció una vez más María Macueca, heroína de la necesidad y mártir del rebusque.
Una cámara —ese ojo sin alma que todo lo ve pero nada comprende— la sorprendió en pleno ritual de supervivencia: hurtando con la destreza de quien ya no teme al infierno, porque vive en él. Dicen que sustrajo un par de artículos sin importancia, aunque en el fondo robaba otra cosa: la ilusión de que aún existe inocencia en los pobres.
Mientras la sociedad se escandaliza entre risas y comentarios en Facebook, María Macueca sigue su liturgia del hurto con el mismo desencanto que un poeta en crisis. Roba no por malicia, sino por hábito existencial: porque en un mundo que todo lo quita, hurtar es apenas un gesto de simetría.
Así, con su bolso raído y su mirada de cansancio filosófico, María Macueca nos recuerda —entre sarcasmo y miseria— que el verdadero delito no es robar en Las Moras, sino seguir creyendo que hay algo que aún nos pertenece.